Pasa casi
siempre, al ver una puesta en escena, que suele prometer en demasía, salgo del
teatro con una cierta insatisfacción. Pensando en la causa de ésta, me
encuentro con la falta de trabajo corporal de parte de los actores, cuando este
debe ser el medio principal para la creación de un personaje.
Los actores
suelen ser actores parlantes, hablan muy bien, vocalizan y proyectan
estupendamente pero muchos se mueven mal, su accionar corporal no tiene relación con lo que dicen.
El actor debe
tener un trabajo intenso de observación y de reflexión sobre la naturaleza
misma de la vida, de la aventura humana en relación a la obra.
Debemos
reconocer la acción y de qué
manera el cuerpo la realiza, creando matices, dependiendo si el esfuerzo es
intenso, brusco, reflexivo, controlado y armónico, donde sepamos reconocer en
que momento utilizamos estas calidades corporales que ayuden a la exposición de
la acción.
Démosle
importancia a nuestro cuerpo ya que es nuestro principal medio de expresión, es
momento de empezar a trabajar nuestra herramienta de trabajo, como quien se
prepara a hacer una marioneta articulada por un escultor.
El maestro
francés, padre del mimo moderno, Étienne Decroux, se dedicó al estudio del
cuerpo mediante el Mimo Corporal Dramático, creando un lenguaje original donde
no solo era aprender a moverse con destreza sino a aprender a pensar con el
cuerpo, de allí la definición del Cuerpo
Pensante.
El Cuerpo
Pensante es la expresión de la esencia del ser, sus pensamientos, sentimientos,
impulsos, todo mediante el movimiento corporal en el espacio. Es la
manifestación corporal de la sensibilidad del hombre en escena.
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